Un sueño cumplido

La semana pasada se puso en contacto conmigo por email Daniel, un ex opositor que acaba de convertirse en Técnico de Hacienda y que quería realizar su pequeña aportación a la sección lo que los opositores odiamos. Comencé a hablar con él y me gustó tanto su historia que le pedí que me dejase compartirla en el blog.

En esta ocasión, no seré yo quien os la cuente, sino que os voy a reproducir exactamente lo que él me dijo porque creo que su redacción es sencillamente genial y no tengo nada que añadirle.

Gracias, Dani, por permitirme publicar tu historia con final feliz.

Espero que disfrutéis tanto de ella como lo hice yo cuando me la contaba.

“Mi experiencia ha sido la de un soñador; me he sentido muy identificado con la última entrada de tu blog.
Cuando tenía 24 años, dejé el trabajo para estudiar la oposición. No muchos me entendieron (“¡Con la que está cayendo, y tú vas y dejas el trabajo!”). Vivía independiente, tenía un buen dinero ahorrado, y nadie me pudo impedir que me lanzara a por mi sueño. Cuanto más tiempo llevaba estudiando más seguro e ilusionado estaba de lo que estaba haciendo. En la primera convocatoria llegué habiendo estudiado muy poco tiempo, y en la siguiente ya llegué con opciones reales de lograrlo. Pero habían comenzado los años de recortes de plazas. Fueron menos de 30 plazas. Aun así, llegué hasta el final, donde sólo quedábamos 45 de los más de 2.000 que empezamos el proceso. Pero no aprobé.
Las perspectivas de plazas para los siguientes años eran ridículas. Vi imposible lograrlo en aquel momento. No vi otra salida que abandonar la oposición, y enterrar mi sueño.
Trabajé durante 5 años, hice algunos progresos laborales y desde fuera nadie imaginaba lo que con frecuencia, tantos años después, me seguía doliendo. Era mi sueño, y no por enterrarlo había desaparecido. Me seguía picando, pero desde la resignación de que aquel tren ya había pasado para mí. Tenía 30 años, me había casado y teníamos planes de comprar una casa, pronto tener hijos, etc. “Ojala lo hubiera logrado, maldita mi suerte, qué feliz sería.”
Había cambiado de trabajo y la verdad es que lo odiaba. Era un sector de apariencias, mentiras y otras malas prácticas (el sector financiero). Un día, un becario que estaba a mi cargo y estaba muy bien considerado en la empresa, me dijo que dejaba el trabajo. Quería ser auditor de cuentas, y por fin había logrado entrar en una firma de auditoria. Por la noche lo comenté con mi pareja:
– Me alegro por él. Es un chico brillante y va a cumplir su sueño. La verdad, casi te diría que le envidio. Si yo tuviera su edad también podría hacer lo que quisiera hacer, como él.
– Cualquiera que te oiga pensará que está hablando un viejo acabado. ¡Si sólo tienes 5 ó 6 años más que él!
Y tenía razón. Reflexioné, hablé con algunas personas cuya opinión valoro, eché cuentas también. Pero la decisión que iba a tomar, en el fondo, ya la conocía desde el día que tuve aquella conversación. El monstruo no había muerto, sólo estaba dormido, y despertó. Mi monstruo, mi sueño.
Dejé el trabajo y me puse a estudiar.
Los contenidos del temario los tenía prácticamente olvidados, había pasado mucho tiempo. Pero la experiencia, sobre el proceso y sobre mi propio rendimiento, la tenía muy presente. Y la determinación por luchar por mi sueño, era mayor que nunca.
Desde el día que empecé a estudiar, hasta que hice el último examen, transcurrieron 7 meses.
3 meses y medio después, salieron las notas y había aprobado la oposición.
Pero aprobar no evita seguir odiando los comentarios de los “cuñados”:
– ¡Qué bien, ahora por fin tendrás un trabajo fijo!
– ¿Trabajo fijo? ¡Si he dejado 3 para llegar hasta aquí! Tú no tienes ni idea…
Aunque siempre hay quien te conoce mejor de lo que uno cree:
– Conociéndote seguro que ya estás pensando en la promoción interna
– Jajaja, no, no, no, no, no, no… Bueno…, mmmm, ejem… quizá sí.”

Lo que los opositores odiamos (XVII) y bonus.

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Buenos días, compañeros. Me cuesta creer que ya hayamos llegado a la edición número 17 de esta sección. Muchas gracias por leerme y por participar en el blog contándome cosas que os ha tocado oír y que odiáis. Me encanta recibir correos y comentarios en los que compartís conmigo vuestras historias. Precisamente gracias a ello, el jueves tendremos una entrada muy especial que estoy deseando publicar.

Sexagésimo quinto ejemplo:

En la tierra de mi familia se dice mucho la expresión “malo será”. Es una forma de ser positivos, indicando que se debe tener la esperanza de que las cosas, eventualmente, salgan bien.

  • ¿Qué tal lo llevas?
  • Bueno, es muy difícil y ya llevo mucho tiempo opositando, así que estoy bastante cansada. Lo peor es la incertidumbre de no saber si lo vas a conseguir…
  • ¡Malo será!
  • Claro.

Es el equivalente a “con todo lo que estudias, seguro que apruebas”.

Sexagésimo sexto ejemplo:

  • ¿Y tú a qué te dedicas, Laura?
  • Yo he empezado a opositar en septiembre.
  • ¡Mucho ánimo, que eso es como una segunda carrera!
  • ¡JA!

Ni de coña.

Ya me gustaría a mí que se pareciese a la Universidad. ¡Cómo echo de menos esos fines de semana que empezaban los jueves!

Sexagésimo séptimo ejemplo:

  • El hijo de la vecina de mi tío aprobó las oposiciones para Juez en dos años.
  • Ah, pues qué bien.

Y después te enteras de que no opositaba a Judicaturas, sino a auxilio judicial (porque la gente entiende lo que le da la gana).

Sexagésimo octavo ejemplo: Éste lo compartió conmigo mediante correo María BM cuando le tocó escuchar estas lindezas.

  • No soporto a los funcionarios. Son unos vagos que disfrutan abusando de su poder para joder a los ciudadanos.
  • (te guardas tu opinión)
  • Ay, ojalá mis hijas aprobasen una oposición, que el mercado laboral está muy mal.
  • ¿hola?

 

Bonus: ¿Tenéis ganas de leer más sobre “lo que los opositores odiamos”?

Ayer, una opositora llamada Marta Olivenzia compartió en su blog una entrada con su propia visión de lo que los opositores odiamos. En su caso, ella optó por denominarlo “nunca le digas a un opositor…” y os recomiendo encarecidamente que le echéis un ojo porque es muy del estilo de esta sección. ¡Os va a encantar!

Mi historia

Hace unos días os conté una parte de mi historia personal y algunos me habéis dicho que os ha resultado útil que lo hubiese compartido. En este blog ya os he narrado la experiencia de un par de compañeras a las que admiro mucho, pero nunca me había planteado contaros mi historia.

En junio de 2014 acabé de estudiar en la Universidad y  después del verano comencé a preparar las oposiciones.

Como todo opositor, empecé con mucha ilusión. Sabía que me enfrentaba a algo muy difícil, pero no alcanzaba ni a imaginar lo que después me encontré.

Mi primer año no fui una opositora modelo. Como ya he dicho en otras ocasiones, creo que la primera vuelta al temario es la peor.

Los primeros meses se llevan bien. Estamos muy motivados, todavía no nos pesa el cansancio y el ritmo con el que se oposita al principio te permite tener una vida bastante normal. Ya no eres un joven universitario, pero tienes una jornada de ocho horas, que es lo mismo que una persona que trabaja, aunque muchos de tus amigos sigan estudiando.

A medida que pasa el tiempo, la oposición se vuelve más exigente y te requiere más tiempo. Al principio, yo me permitía tener un fin de semana de dos días, pero sabía que eso no duraría para siempre. A mí me causaba bastante angustia pensar en todo lo que iba a tener que renunciar en el futuro, pero seguía postergándolo a otro momento.

Dicen que la primera crisis del opositor aparece después de los seis primeros meses. Efectivamente. En mi caso, lo que me sucedió es que notaba que no estaba dando la talla.

El temario me abrumaba, era interminable y nunca antes había tenido que estudiar como te exige la oposición. Eran muchos temas y yo avanzaba muy despacio. Me resultaba imposible cumplir con los objetivos que me marcaban cada semana, me costaba ser productiva a diario y me costaba estar sentada las ocho horas que duraba mi día de estudio. Tocaba empezar a sacrificar cosas para poder estudiar, y eso también era muy duro.

Me resultaba difícil organizarme y cumplir mi planificación, siempre había partes que abandonaba para poder centrarme en otras y eso me acabó pasando factura. Tenía la sensación de que lo estaba haciendo mal porque no me estudiaba las cosas en la profundidad que corresponde a un opositor y no recordaba nada de lo que había estudiado la semana anterior. Parecía que todo lo que hacía era en vano y no me libraba de esa sensación de culpabilidad.

La libertad de horario que permite opositar también me jugó una mala pasada porque no tenía la disciplina de seguir una rutina diaria.

A partir de esos primeros meses entré en una crisis opositora. Me daba cuenta de que con ese ritmo no iba a conseguir lo que me había propuesto, pero sinceramente, no era capaz de hacer otra cosa.

Lo único que me motivaba era avanzar en el temario. En la primea vuelta me estaba acostumbrando a él, me familiarizaba, lo trabajaba, hacía mis esquemas (a veces lo tenía que traducir a un lenguaje inteligible) y empezaba a comprender muchos conceptos nuevos. Así que tenía la esperanza de que, una vez hecho ese trabajo sería más sencillo.

No me considero una persona con mucha seguridad en mi misma, pero hay unas pocas cosas que tengo muy claras. Una de ellas es mi vocación y otra que no me voy a conformar con algo que no sea mi sueño.

Afortunadamente, la falta de seguridad se puede salvar con un poco de inconsciencia, que era más bien mi caso. Si te paras a pensar si eres capaz de lograr algo, probablemente la respuesta sea no. Pero eso es sólo porque no somos conscientes de nuestro potencial y de lo que se puede llegar a conseguir con esfuerzo.

Eso fue lo que hice yo. Me tiré de cabeza a la piscina de la oposición sin plantearme si podría conseguirlo o no, porque no tenía otra alternativa que me hiciese tan feliz como perseguir mis metas. En muchas ocasiones ha continuado siendo mi mantra. En lugar de pensar “no puedo hacerlo”, pienso “ya veré como lo hago”. Es una mezcla de inconsciencia y de confianza ciega en que todo, de alguna forma u otra, acabará saliendo bien.

Sin embargo, en la práctica, mi oposición seguía yendo cuesta abajo. A mi preparadora se le ocurrió que ya era hora de dejar de cantar un día a la semana y empezar a marcar objetivos más a largo plazo, para acostumbrarme a los exámenes reales, en los que entran muchos temas y hay que repasarlos con mucha antelación.

La motivación que me quedaba se fue al garete. Si, habitualmente, el lunes era un día perdido porque veía muy lejano el día de cante; esa práctica pasó a ocupar la primera semana del mes.

El primer verano fue muy duro porque me sentía frustrada y culpable a partes iguales. Hubo un momento en el que tuve que tomarme un pequeño descanso porque la ansiedad se me estaba yendo de las manos. Me pasé toda una noche sin ser capaz de dormir y con taquicardias debido al café y a los nervios. Tuve que parar un par de días, aislarme de todo y simplemente respirar. No obstante, mi cerebro consideró que ese era un buen momento para recordar todas y cada una de las historias de opositores que habían tenido que abandonar por problemas de salud.

Cuando regresé de mi pequeño retiro me prometí que iba a tomarme las cosas con más calma y que le daría prioridad a mi salud. Lo primero que hice fue dejar el café y prohibirme trasnochar.

Ya con un poco más de tranquilidad, retomé el plan inicial de seguir resistiendo en la oposición con la expectativa de que las cosas fuesen a mejor.

Cuando llevaba poco más de un año opositando, completé la primera vuelta y sentí un gran alivio. Poco después se publicó la convocatoria para mis oposiciones, presenté la instancia y planeaba presentarme a comienzos de este año.

Este invierno hizo mucho frío y mi sistema inmunológico no resistió. Hubo una oleada de catarros, virus y gripes que me pilló por el medio. Pocos días antes del primer examen, me puse enferma. Tenía la esperanza de que se me pasara, pero sólo fue a peor.

Intenté hacer el examen. Me resultó una pequeña tortura el viaje en coche desde Badajoz hasta la sede de mis oposiciones, pero al menos iba acompañada de alguien que podía cuidar de mí. El día del examen estaba mucho peor y no conseguí reunir las fuerzas para presentarme al examen, así que decidí renunciar a él. He de decir, que en ese momento no me costó nada tomar la decisión y, por supuesto, no me arrepiento y me alegro de haberlo intentado hasta el último momento.

Después de otro tortuoso viaje de vuelta a Extremadura, fui al médico para que me tratase. Me dio medicación para unos cuantos días y estuve una larga semana en cama recuperándome.

El tiempo que no me pasaba durmiendo, medicándome o luchando por respirar pacíficamente, estuve pensando. Pensé mucho. Me replanteé toda mi vida de arriba a bajo. Y lloré mucho.

La verdad es que estaba triste porque me había pasado algo malo, que no era culpa mía y que me había robado una oportunidad que no podría repetirse hasta un año después. Estaba desolada. Sobre todo, por la incertidumbre de no saber qué hubiera ocurrido si me presentase.

La única conclusión que saqué es que esos obstáculos en mi camino sólo podrían eliminarse con trabajo duro.

Esa experiencia supuso un punto de inflexión para mi oposición y, posteriormente, para mi vida.

Eso nos lleva al día de hoy. Esa mala experiencia fue el detonante y el motor para ser la opositora que yo consideraba que debía ser. La motivación volvió a mí y, una vez acostumbrada al ritmo de opositar que tenía antes, era hora de dar el siguiente paso y seguir dedicándole más tiempo, sacrificio y trabajo.

El resultado lo podéis apreciar en este blog. Aquí recojo muchas de las reflexiones que he tenido desde entonces y todo lo bueno que, personal y emocionalmente, me ha aportado la oposición.

Sin duda, todo este camino ha valido la pena y soy más feliz que nunca. Todavía me queda un largo recorrido, pero todo lo que he ganado no me lo podrá quitar nada ni nadie.

Hoy, puedo decir que estoy contenta con mi trabajo. Me falta mucho, pero no necesito saber si puedo aprobar o no un examen para sentirme satisfecha conmigo misma. Insisto en que no somos máquinas, nadie puede estudiar de una forma perfecta, responsable y productiva porque es una actividad muy dura que requiere un ejercicio mental y emocional.

El comienzo de la oposición es trabajar sin ver resultados, a ciegas totalmente. Es un compromiso contigo mismo que debes cumplir sin replanteártelo.

Los opositores parecemos aburridos desde fuera, pero en realidad somos unos soñadores. Soñad con la meta, prometeros a vosotros mismos que vais a luchar por ella y simplemente no os rindáis. El resto vendrá solo.

Espero que os pueda ser útil mi experiencia. Lo que he querido transmitiros es que, si es vuestro sueño, no renunciéis a él por muy difícil que parezca. Seguid luchando.

Una historia de superación

En esta ocasión me gustaría hablaros de una persona a la que he podido conocer gracias a la oposición. Es una mujer que me conmueve por lo que hace y a la que he cogido cariño por cómo es. Hoy voy a hablaros de Patri.

Patricia estudió Medicina, tiene 33 años y muy mala suerte con sus vecinos, pero de eso ya hablaré más adelante.

Admiro a Patri por dos motivos: por su humildad y porque es una luchadora incansable.

Cuando se licenció, accedió al MIR por la especialidad de médico de familia, con prácticas y guardias remuneradas y a través de la Universidad Pública. Durante esta etapa de formación los médicos residentes cobran aproximadamente unos 1.700€ netos al mes. La vida de Patricia era cómoda y estaba bien encauzada.

No obstante, Patri es una de esas personas a las que, en muchas ocasiones, me refiero en este blog. Ella no se conforma con menos que lo que realmente quiere, no concibe seguir un camino que no sea aquél que estrictamente le marca su vocación, no le basta con sucedáneos de sus sueños. A Patricia le gusta luchar por sus deseos y apuntar alto sin preocuparse por el vértigo, como no podría ser de otra manera. Y eso es lo que la hace grande.

Tras el primer año, renunció a esta especialidad del MIR y logró acceder a otra modalidad. Actualmente ha terminado de cursar el segundo año de residencia en la especialidad de medicina legal y forense, que es lo que realmente le fascina.

Para ella, tomar esta decisión fue un gran momento de superación. Tuvo que enfrentarse a los miedos que todos tenemos: lo que esperan de ti, lo que tienes que ser a cierta edad y demás estereotipos para poder dedicarse a lo que ella quería desde su infancia. La tachaban de utópica por repetir el MIR cuando ya casi tenía la vida resuelta, pero ella dice que esta decisión es la que más feliz la ha hecho.

Patri considera que es fundamental vencer nuestros miedos y luchar por lo que anhelas, incluso cuando nadie confía en ti. Asimismo, Patricia reconoce que, muchas veces, nuestro peor enemigo lo encontramos en nosotros mismos. A pesar de ello, la experiencia le ha demostrado que somos más fuertes de lo que inicialmente creemos y, por ese motivo, me parece tan importante transmitiros su historia al igual que hice con otra buena compañera en otra ocasión.

Efectivamente, Patri quiere ser forense desde que tiene 8 años. Sin embargo, ha tenido la mala fortuna de dejarse cautivar por una de las pocas especialidades médicas que  sólo se preparan en la Escuela Privada, con lo cual tiene que abonar una matrícula anualmente, y en la que, por si fuera poco, no recibe más retribución por sus prácticas que su exclusiva satisfacción personal.

Una vez se convierta en forense en junio de 2017, se ha marcado el objetivo de opositar para tener, como los sanitarios dicen, una plaza en propiedad. Cuando tiene tiempo, intenta estudiar alguno de los temas del programa de la oposición.

Patri estudia el MIR en Madrid. Es en esta ciudad donde acude a clases, realiza las guardias y las autopsias, pero ella reside en la ciudad de Toledo con su pareja. Para poder mantenerse económicamente trabaja los festivos, los domingos, en semana santa, en vacaciones o cubriendo horas extra en una cadena de tiendas de complementos de mujer. Como realiza sustituciones, tiene que trasladarse a distintas ciudades, según sea necesario, como Madrid, Sevilla, Valencia o Barcelona. No sólo estudia como todos nosotros, sino que además, mientras muchos descansan, ella trabaja. Incluso los días de trabajo, es capaz de encontrar un huequecito para estudiar.

Como ya he dicho anteriormente, admiro de ella su humildad. Patricia trabaja de dependienta en una tienda. Si bien, este oficio no es ni peor ni mejor que el resto, lo está realizando una profesional de la Medicina a la que no se le caen los anillos por trabajar en un puesto que no se corresponde con su preparación. Y, nuevamente, éste es un escalón más que la acerca a su meta.

Además, a ella le encanta este trabajo, fundamentalmente, por el trato con el cliente. Según ella, cuando trabajas con el público eres un bálsamo para muchas personas que se sienten solas; puedes disfrutar viendo la alegría en quien se compra algo nuevo o en la ilusión con la que se compra un regalo para otra persona.

En cuanto a sus vecinos, Patri estuvo viviendo durante 3 años en un piso en el que no se sentía del todo a gusto debido al ruido que tenían que soportar y que provenía del motor de un dentista que había establecido su cínica demasiado cerca. Posteriormente, se mudó a una nueva vivienda en octubre del año pasado, pero tuvo que trasladarse de nuevo por los ruidos que provenían de la terraza del local de abajo y que hacían imposible la convivencia, así como porque el piso de arriba era alquilado habitualmente a turistas, a pesar de que su arrendador le hubiese asegurado que la casa estaba bien aislada y era tranquila.

A día de hoy, vive en otro lugar y parece que por fin ha encontrado la serenidad. No obstante, a Patricia le gusta tomarse las cosas con calma para poder adaptarse gradualmente a los cambios y eso también incluye su vivienda.

En definitiva, a pesar de todos los óbices con los que se ha encontrado, ella continúa con pasos firmes para construir un futuro brillante.

Yo, personalmente, quiero rodearme de personas como ella en mi vida porque me inspiran y me motivan a seguir esforzándome. En Patricia veo un ejemplo a seguir y una gran compañera en esta travesía.

Le deseo lo mejor. O mejor dicho, le auguro lo mejor, porque con esa actitud sólo es cuestión de tiempo que consiga lo que se ha propuesto.

Me gustaría agradecerle a Patri que me haya permitido compartir su experiencia. Espero que vosotros también podáis serviros de esta fuente de inspiración.

Me encantaría conocer vuestras propias historias de superación y vuestra lucha por cumplir vuestros sueños a pesar de todos los obstáculos que nos encontramos.

¡Nos vemos en la próxima entrada!

 

 

Cuando ser fuertes es la única opción

Me gustaría compartir la historia de una compañera opositora con vosotros.

Hace algo más de tres años, Laia se licenció en Derecho y, sin dudarlo, empezó a preparar las oposiciones de Judicaturas. Los últimos meses han sido especialmente agotadores e intensos para ella. Su historia es de superación: cómo podemos llegar a traspasar nuestros límites cuando las circunstancias nos lo exigen.

Laia comenzó las oposiciones en 2013 de la mano de una eminencia. En mi opinión, el preparador es una figura fundamental en el estudio y, en el caso de Laia, le ofreció una muy buena base como opositora. He de reconocer que Laia era una afortunada porque llegó a conectar a muchos niveles con su preparador y le ofrecía una relación casi paternal.

Como ella señala, la vida social de un opositor se ve muy mermada y el vínculo con nuestro círculo más cercano se vuelve más fuerte. Entre su entorno más próximo, ella contaba con su preparador como un pilar esencial no sólo en el estudio sino también a nivel emocional.

Lamentablemente, un domingo de julio del 2015 el preparador de Laia perdió la vida en un accidente de circulación, a siete escasos meses del examen en el que Laia estaba concentrando todos sus esfuerzos. Por desgracia, nuestra compañera perdió mucho más que un excelente profesor. Mientras invertía sus escasas vacaciones en buscar un nuevo preparador, no podía evitar sentirse huérfana. A pesar del dolor que Laia debió sufrir con la inesperada pérdida, supo continuar con la clara meta de cumplir su objetivo y, por lo tanto, su sueño.

Después de una intensa búsqueda, apareció un hombre que podría suplir al antiguo preparador de Laia. No creo que se pueda sustituir a una persona querida tras su fallecimiento, pero esta opositora tuvo que seguir adelante en su travesía.

El nuevo preparador parecía cumplir con las expectativas de Laia satisfactoriamente. Era un gran profesor y mejor profesional de la Judicatura. Era tan bueno en su trabajo que, en noviembre del 2015, pasó a formar parte del Tribunal Supremo y, en consecuencia, tuvo que abandonar la preparación de opositores.

Entre su perplejidad y una indescriptible fuerza de superación, Laia retomó la búsqueda de preparador mientras la cuenta atrás para su examen no se interrumpía. Finalmente, en Navidad encontró a su actual (y esperemos que último) preparador.

Por si el destino no fuese suficientemente cruel, el 31 de diciembre marcó un hito en el desgraciado año de Laia con el fallecimiento de su abuelo, al cual estaba muy unida. Aunque esta última pérdida no estuviese directamente relacionada con el mundo de las oposiciones, yo creo que debió ser el golpe más duro.

Cuando opositamos, toda nuestra atención gira entorno a un objetivo muy concreto. Sin embargo, el tiempo sigue corriendo y la vida va pasando haciendo que, dolorosamente, nos despertemos de nuestra burbuja para recordar que el mundo no se detiene. En ocasiones, nos toca sufrir por aspectos personales que nos impiden o nos dificultan persistir en nuestra lucha diaria. Laia no sabía si podría tener fuerzas suficientes para superar tantos obstáculos, pero lo hizo. Porque no había otra alternativa.

En marzo de 2016 tuvo su primer examen, que inevitablemente llegó tras unos intensos y difíciles meses. Por si fuera poco, la fecha del examen fue adelantada y esos meses fueron aderezados con numerosas reformas legislativas que ponían broche a su desgracia. Si las oposiciones son duras per se, yo creo que Laia se merece una mención cum laude en superación y perseverancia.

En esta convocatoria, nuestra futura jueza se quedó a las puertas de los exámenes orales. Tras su experiencia cargada de múltiples incidentes, se vio obligada a dedicar tres días a dormir y dos semanas para descansar. Espero que el tiempo le recompense su esfuerzo y le regale una mejor fortuna en la próxima convocatoria.

Por desgracia, las oposiciones no siempre las aprueba quien más lo merece, pero con esa actitud nuestra compañera tiene todo lo que hace falta para el éxito, incluso aunque la mala suerte se cruce en su camino.

Laia dice que ella no es un ejemplo a seguir -yo discrepo- pero quiere compartir con nosotros que en esta etapa renunciamos a muchas cosas pero también nos enriquece en muchos sentidos.

Le agradezco que me haya permitido compartir su experiencia y espero que pueda seros útil a quienes la leáis. Desde mi punto de vista, Laia nos ha mostrado que somos más fuertes de lo que creemos, así que no dejéis que el miedo sea más grande que vuestros sueños.

Como siempre digo, será un placer que compartáis vuestra opinión y vuestras experiencias con nosotros.

¡Nos vemos en la próxima entrada!