El verdadero precio de opositar

Hay días en los que la oposición pesa más. En los que quieres ser una persona madura y no perder de vista lo que es importante, pero no te sale. Esos días en los que sientes que no tienes nada: ni plaza ni vida. Piensas en el precio de la oposición, que es todo a lo que renuncias y el tiempo que tienes que esperar hasta que, quizás, tu sacrificio dé sus frutos.

Intentas recordarte que vale la pena, pero solo te sale pensar en que a tu edad todavía estás estancado en una etapa que no te gusta. No tienes tiempo, no tienes independencia, no tienes dinero, no tienes nada asegurado.

Y sí, vale la pena. Claro. Pero por mucho que intentes recordártelo, cada día te pesa. Por mucho que intentes vivir en una burbuja, eres consciente de que hay mucho más ahí fuera. Y tú te lo estás perdiendo. No quieres hacerlo, pero te castigas pensando en ello.

A veces te parece injusto. Pagas el precio más alto y no tienes nada. Cualquiera, desde tu perspectiva, vive mejor que tú. El que no ha estudiado, el que ha estudiado lo justo, el que se va de vacaciones, el que tiene las tardes libres, el que se ha ido de casa, el que no depende de nadie. Y está bien, porque cada uno toma sus decisiones según lo que le haga feliz. Pero hay algo que no te encaja. Es esa absurda sensación de pseudojusticia que te hace preguntarte por qué, si eres el que más se esfuerza, eres el que menos tiene. Todos sabemos la respuesta. Todos conocemos el discurso que nos repetimos para aguantar. Sabemos que no tenemos que compararnos con nadie, que no debemos creer que nos merecemos más que otros y que si hemos decidido opositar es porque es la mejor opción para nosotros, sin que tenga que ser la mejor opción para los demás.

Pero ahí sigues tú. Estudiando un día más y pensando en la vida que te estás perdiendo. No quieres hacerlo, pero piensas en todo lo que sacrificas. Cada vez es más. El examen se acerca y quieres volcarte en ello. Y la vida va pasando.

Esos días en los que pesa más opositar, pero no te planteas ni por un instante dejarlo. Solo quieres que se acabe lo antes posible, como una condena penitenciaria. Intentas quedarte con lo bueno de opositar, ser optimista, pero hay días en los que simplemente no te sale.

Te preguntas cuál es el verdadero peso de la oposición.

Alguien te pregunta, con una lógica aplastante, que por qué no lo dejas.

Ese es el verdadero precio de la oposición. El precio que tendría dejarlo. Es el precio de renunciar a ser quien tú quieres ser. No es la plaza, no es la estabilidad, no es el sueldo. Va más allá. Es cómo tú quieres vivir la vida. Tienes el enorme privilegio de escoger quién quieres ser y ahora te toca luchar para conseguirlo. No es la oposición. Eres tú. Es mucho más que una plaza. Son todas esas pequeñas decisiones que tomas día a día y que determinan quién eres. Cuando te levantas cada mañana y te pones a estudiar, no piensas en un puesto de trabajo, piensas la vida que quieres tener y en la que tu profesión es un pilar fundamental. Pero, al final, la oposición solo representa eso: la vida que queremos tener. No es aprobar una oposión. Es luchar por lo que te hace feliz, porque agradecerás haberlo hecho en el futuro.

No hay viajes, aficiones ni libertad presente que pueda competir con el enorme privilegio que es poder elegir. Siempre pensamos, con esperanza, en el furuto. Pero lo importante es lo que estamos siendo ahora, estamos luchando. Estamos siendo quienes queremos ser. El éxito, por subjetivo que sea, no es un trofeo que se gane y se conserve para siempre. Es una lucha diaria.

¿Y qué peso tienen los sacrificios que hacemos ahora si los comparamos con ser quienes queremos ser? Ese es el verdadero precio de opositar. Ese es el motivo porque el no abandonamos. Podemos permitirnos perdernos una pequeña parte de nuestra juventud, pero no podemos perdernos a nosotros mismos. Ese sería un precio demasiado alto.

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