Mi burbuja

bubble1¡Buenas tardes! Esta mañana ha salido la convocatoria de mi oposición y creo que es una buena ocasión para compartir un texto que escribí este verano pero que no llegué a publicar finalmente.

Aprovecho para agradecer todo el apoyo que ya he ido recibiendo y el que vendrá.

 

¿Cuánto aislamiento es demasiado aislamiento?

Yo soy de las que piensan (y eso no quiere decir que tenga razón) que para aprobar la oposición tienes que llegar a ofuscarte, perder un poco de salud y volverte medio loco por estudiar.

No es algo que suene bien. Pero creo que no se puede opositar “equilibradamente”, sino que llega un momento en el que ya hay que apretar en el estudio y cortar muchas de las cosas buenas en nuestra vida.

Para mí el aislamiento no es necesario sólo para destinar esas horas al estudio, sino que siento que tengo un ritmo de vida tan diferente al mundo real que, en cierta medida, permanecer conectada a él me perjudica. El aislamiento es para mí sinónimo de tranquilidad, de concentrarme en la oposición y de que no me importen todas esas cosas a las que tengo que renunciar.

Probablemente sería más adecuado enfrentarme con madurez a esos sacrificios y ser capaz de convivir con el mundo ajeno a la oposición de una forma sana y sin lamentarme porque yo no pueda hacer lo que hacen los demás o porque sienta que vivo “a medias”. Pero yo no soy así. Creo que a veces es mejor hacer lo conveniente en lugar de lo adecuado. Y lo conveniente hasta ahora ha sido aislarme.

Tengo la sensación de que no puedo abarcar todo y de que o vivo, u oposito. Mi cabeza no puede estar en todas partes. No soy capaz de socializar a medias y volverme a casa a estudiar como si no pasara nada. Y como no pienso renunciar a la oposición para vivir, estoy renunciando a la vida para opositar.

Mi vida no se entiende si no es a través del prisma de la oposición. Aunque los apuntes se queden en casa, la oposición va conmigo. Y con ello no digo que me cueste dejar de estudiar (al contrario), pero siento que no encajo donde antes sí lo hacía.

Hay dos grandes líneas rojas, para mí, en la oposición: la familia y la salud. La vida social forma parte de la salud y sin ésta, no hay oposición. Eso es lo que me preocupa: ¿hasta qué punto puedo seguir estirando?, ¿en qué momento el aislamiento deja de ser un aliado para convertirse en un lastre?, ¿dónde está el límite entre las manías de un opositor y la peligrosa obsesión?.

En cualquier caso, tanto aislamiento sólo es posible porque sé que algún día, por un motivo u otro, acabará. Y cada vez que ante un conflicto le doy prioridad a la oposición, siento que lo voy a conseguir.

Y, por supuesto, que me haya funcionado a mí no quiere decir que sea la única opción válida ni que vaya a servirle a los demás. En la oposición, cada uno debe encontrar su propia forma de sobrevivir.

¡Nos vemos en la próxima entrada!

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